sábado, diciembre 26, 2009
viernes, octubre 23, 2009
De Clemente, Felipe, Pedro del Hierro y Astrid Muñoz
Lunes, 7
“España de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires” (Borges).
.
.
Viernes, 11
.
A Clemente lo echamos la otra tarde. A Felipe lo echaron sus propios hombres del pueblo hace un tiempo, pero él todavía no se ha enterado. Quizás Glez. se equivocó al elegir su gente. Quizás Clemente se equivocó al elegir su gente. Clemente ha demostrado que es un mal político. Felipe ha demostrado que no sabe perder. Ambos resuelven su problema íntimo, el problema que tienen con su ego, insultando a los periodistas, que para eso estamos. El insulto también es información y hay que recogerlo. Tanto Clemente como Felipe viven pegados a su ego, no establecen esa autodistancia que es la ironía. No se despegan ni un milímetro/minuto de sí mismos. El español dejó de llevar coraza por fuera, pero sigue con el alma acorazada, blindada. Abroquelada de brillantes sinrazones.
.
El otro día estuve en el programa de Alvaro Luis con varios modistos de la Pasarela Cibeles, ya que ése era el tema. Tuve una viva conversación con Pedro del Hierro. Mi teoría es que los modistos actuales, españoles y extranjeros, sólo aportan dos novedades: suprimir el sujetador y alumbrar el ombligo de las señoritas.
Las dos novedades me gustan mucho y las gloso asimismo en Paris/Match. A Pedro del Hierro le pareció que yo le criticaba por eso, y es que Pedro, inteligente e inspirado creador, es también el monólogo incesante y no sabe escuchar. Pero quedamos amigos. En cuanto a otras novedades de Cibeles, Hanníbal Laguna ha devuelto la cintura de la mujer a su sitio, un hallazgo como de Galileo para recordarnos que todo el encanto y música de ella gira en su cintura. Estos hallazgos sencillos son los más difíciles. Victorio & Lucchino presentan muchas cosas, pero lo que se impone es la presencia hembra de Astrid Muñoz, princesa primitiva, esbeltísima ancla de las clavículas, ombligo mal anudado (me flipan) y tanga que se moja en la espuma aciaga de unas ingles fuertes, profundas y pobladas. Me gusta cuando a un modisto se le va la mano o se la va la modelo y se ve más la chica que el vestido, más la mirada que la ropa, más el cuerpo vivo que el alma industrial. Astrid es mucha mujer para mucha viagra.
Roberto Torretta nos hace comprender que el seno transparente y escapadizo tiene más lirismo que el desparrame.
.
.
.
Publicado por
Jorgewic
a las
7:09 AM
0
comentarios
miércoles, septiembre 02, 2009
De poetisas, príncipes, apeles y Paula Pattier
EL día 9 se celebró en Barcelona un gran homenaje del Círculo de Lectores, y de las letras españolas, a Hans Meinke, el hombre que durante muchos años ha sabido entender a los escritores de este país, soportarlos -soportarnos, que no es fácil- y contribuir a la difusión, calidad y cantidad del libro como objeto de cultura. Meinke, 60 años, deja su alto puesto para ocupar otros equivalentes. Digamos que Meinke ha sabido entender a esta rara especie levantisca del escritor español mejor que algunos editores nacionales. Su gentileza, instinto literario y buen gusto lo hemos disfrutado todos y espero que lo sigamos disfrutando. Meinke se ha atrevido con proyectos tan monumentales como las obras completas de García Lorca (Miguel García-Posada) o de Gómez de la Serna (Ioana Zlotescu). Y me parece que ahora van con Baroja y otros. Afortunadamente, Meinke se queda en España, de momento, de modo que esto no es una despedida al amigo, sino eso: un abrazo.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Publicado por
Jorgewic
a las
5:22 PM
4
comentarios
martes, agosto 18, 2009
Descodificación de Ana Belén



Publicado por
Jorgewic
a las
5:36 PM
0
comentarios
domingo, junio 28, 2009
Agatha Christie
Publicado en "Hermano Lobo", Num. 195 (24 de enero de 1976)
Publicado por
Jorgewic
a las
9:11 AM
0
comentarios
sábado, junio 06, 2009
El becerro de oro
Hasta que, como era fatal, vinimos a dar en el culo de la mujer, que es el becerro de oro de esta sociedad aurificada y transaccional. En nuestro cine, Victoria Abril, sabiendo hacer tantas cosas con la cara, una vez se le ocurrió salir luciendo el culo. Sólo que Victoria, tan vivaz, también se expresaba con la gestualidad del culo, recordándonos aquello que se dijo del citado Cary Grant: que interpretaba con la espalda. El culo no es el espejo de nada. La cara se salva porque es el espejo del alma, pero el culo es materia pura, carne dorada de mujer, un becerro de oro que ni siquiera tiene mirada, pero suele tener mucha cosa aurífera. Villalonga, hombre culón, se merecía una estatua del culo hecha por Fernando Botero en oro purísimo. Al fin habríamos conocido al becerro de oro.
La pura materialidad del culo, la forzosidad espesa de glúteos y nalgas, todo eso nos hace amar el culo de la mujer, pero Carmencita no sé qué y Franco, luciendo un culo transparente en París, nos ha dado la versión culta y erótica de Gaultier, el vestido que deja ver directamente la tripa cular. Para eso querían los guardias de su abuelo que siguiera el franquismo: para que la nieta pudiese pasear por París un culo institucional, que fue becerro de oro de los españoles de los cuarenta. Me lo ha contado Sisita, que estaba allí, y luego lo leo en Carmen Rigalt. Supongo que se refieren al mismo culo, aunque las versiones son diversas. A no ser que la Bordiú tenga culo de quita y pon, como las pelucas de Paloma.
El auge de los culos masculinos, incluso dentro del grupo social que les es propio, se compagina con el desbrague de los culos femeninos, que miro con deleite y erudición. Caídos todos los velos y todos los valores de la Bolsa, cuando Martín Villa y Oriol vuelven a fusionarse o a intentarlo, hemos llegado al final de esta cultura maciza. Lautréamont habló del «pueril revés de las cosas». A veces el revés no es tan pueril. Lo malo del becerro de oro es que no nos enseña el culo, sino la cara, y la cara es eso: un culo franquista o el culo del Juli.
Todas las sociedades monetaristas lucen el becerro de oro debajo de la faldumenta liberal. Algunas tienen un becerro considerable y otras lo tienen estilizado, que me gustan más, pero ahí está el símbolo duro y fecal de una cultura que quiere pervivir en el Tercer Milenio sin aportar nada nuevo, salvo el culto ya descarado de la brutalidad de nuestro humanismo. Porque lo llaman humanismo. A mí me pasa que me gusta el culo como culo pero me avergüenza como símbolo del Becerro. Tras 25 siglos de cultura hemos vuelto a dar en lo mismo que los griegos. Ese culo armonioso que Roma hizo bestial. Me gustan los culos de Urculo, pero uno se ha quedado en el culo/violín velazqueño.
.
.
Publicado por
Jorgewic
a las
6:46 AM
1 comentarios
sábado, mayo 16, 2009
domingo, mayo 10, 2009
De ombligos, viejos troncos y las muelas de Franco
Lunes 3
La flor inocente de esta primavera es el ombligo femenino. Entre el suéter corto y el vaquero bajo, todas alumbran un ombligo ingenuo, sonriente y adorable. ¿Es intimidad el ombligo, esa puerta tapiada que no conduce a ninguna parte? ¿Por qué ha sido siempre tan secreto el ombligo, y tan incitante, como otros misterios femeninos que tampoco lo son? El ombligo es como una muesca graciosa en la perfección de un vientre y viene a recordarnos que las cosas absolutamente correctas son insoportables. A la de Eboli le faltaba un ojo y a Greta Garbo le sobraba un lunar. El ombligo es una graciosa errata en ese texto impecable que es un cuerpo joven. En los libros demasiado correctos también se agradece una errata, de pronto, como sobresalto, distracción y alivio. Lo cual que me paso las tardes de junio, en una terraza de mi pueblo, mirando pasar ombligos. Los que más me gustan son los casi verticales, que corresponden a un vientre tenso y joven. No me gustan los ombligos en forma de coma, por seguir con la comparación tipográfica. Ni los ombligos con imperdible, de un hippismo viejo y quirúrgico. Va de suyo que el ombligo es flor de juventud, y esto parecen haberlo olvidado algunas maduras, ay. Escribió Alvaro de Laiglesia, cuando la censura, que «todos los ombligos son redondos». Evidentemente, quería decir otra cosa. Ahora que viene el liberalismo post/Keynes a lo bestia, ellas han decidido liberalizar su ombligo.
Martes 4
El odontólogo Julio González Iglesias ha escrito un libro titulado Los dientes de Franco, que parece un buen título metafórico, pero es rigorosamente clínico. Franco padecía de los dientes, Franco «echaba las muelas», la época era muy atrasada en odontología y uno podía empezar, terminar y ganar una guerra con dolor de muelas, como Napoleón hizo campañas más importantes con dolor de estómago. Los grandes son rehenes de su cuerpo como nosotros los pequeños, sólo que el dolor de muelas y todo dolor ha sido borrado de nuestra biografía por los médicos y las medicinas. Más vale ser un peatonal con dientes sanos que un César con caries. Las caries pudrían el beso y por esta razón el beso profundo ha venido después: un beso de bocas sanas. En el cine americano de posguerra (y español) los besos son planos, y no sólo por la censura, como creíamos, sino por el asco. Ahora comprende uno que toda la posguerra tuvo un olor a caries que fue el perfume negro o marrón, pestífero, de la calle y la intimidad, del colegio y el amor. Eran las caries de todos o eran las caries de Franco, que andaba con unas muelas podridas de sargento. Aquellas muelas, aquellos dolores dieron clima y malhumor a varias generaciones en derrota. Ni Abella ni Luis Otero ni Vizcaíno hablan de las muelas de Franco, cuando éstas fueron el secreto de su mutismo, su secretismo y su mala leche.
Miércoles 5
Un artículo de Manuel Alcántara, un soneto de Salvador Jiménez, unas cartas y llamadas de Penagos. Mis viejos y primeros amigos de Madrid, que reúno ahora en la resaca, cenizas entrañables, de un premio con su polvoranca de buenas gentes con buenas intenciones. Manolo y yo jugábamos a los bolos en una bolera de Fuencarral y con mis primeras bolas le dejé perplejo. Me daba cocacola con whisky y se llenaban sus ojos de un espanto irónico y frío viendo cómo yo me bebía un vaso tras otro, como agua. El era por entonces el discípulo más claro de César. Todos éramos ruanistas. Manolo encontró pronto su propio camino. Salvador me publicaba cuentos en cuanta cosa dirigía. Penagos, en fin. Fueron amigos irónicos y directos, cínicos e invitadores, los primeros camaradas literarios que uno tuvo en aquel Madrid guerracivilista de los sesenta. Todos ellos y otros suponen para mí una entrañabilidad que nunca más he vuelto a encontrar en el duelo literario. Gente más poderosa y conveniente, sí. Amigos con tanta fe en lo de uno, cuando ni siquiera se sabía cuál era lo de uno, eso no se vuelve a encontrar. Y el que no da con ese clan experto y macho, con ese sombrajo de amistad y literatura, en sus años desvalidos, ése se perderá para siempre reciclado en funcionario, mierda y nada, por la gran ciudad. Principia el soneto de Salvador: «Un soneto me manda hacer Quevedo, / nuevas odas Neruda solicita / Miguel versos del pueblo precipita / y Ramón greguerías. En el ruedo / mortal y rosa...» Etc.
Viernes 7
Guadalajara. Plantamos un árbol en la finca de Cela. Literatura y Marina Castaño. Vino y metáforas. Tarde de una luz inspirada, extensa, horizontal, como una detenida tormenta que se lo hubiera pensado mejor. «Qué hermosa es Castilla», exclama Raúl. Un quietismo de sol rosa, un cielo enlagunado en azul frío, una hora empozada en el tiempo. Martín Prieto, Pablo Sebastián, Raúl del Pozo, el doctor Barros y yo. Y las chicas. Camilo está poderoso, ingenioso, vivo. Nos da su nuevo libro, Poesía completa, que le ha sacado el Círculo de Lectores. Del libro nos lee un poema reciente, largo, erótico, surrealista, enamorado y desesperado. Sobre la cursilería de los nombres exóticos, cuenta una experiencia de oído. Es el apelativo lujoso tapando el hambre: «¡Madre, que el Montgomery se ha cagao!».
Sábado 8
Mañana firmo ejemplares en la Feria del Libro. Charo Albarrán pone una caseta reventona, cordial y eficaz donde se vende mucho. Es una gran profesional. Voy todos estos últimos años y observo con satisfacción que mi cola de lectores es de gente joven, parejas con chaleco de cuero, clavos y cosas, libros y amistad. Veo otras colas de señoras de pelo azul y perrito. O los franquistas de todos los años, impasible el ademán, blanco y ralo el bigotillo. La guerra civil parece ser el centro de esta Feria temática (ahora todo es temático: otra pedantería de los analfabetos, que es la peor). El rey Juan Carlos ya ha comprado el libro de Umbral, como todos los años. La reina Sofía jamás va de pieles, ni a la Feria ni a nada. Y la Tocino sin aclararse.
Publicado por
Jorgewic
a las
7:29 AM
0
comentarios
domingo, marzo 22, 2009
Periodistas
.
.
Publicado por
Jorgewic
a las
7:47 AM
2
comentarios
domingo, marzo 08, 2009
El del infarto
Publicado en el número 101 de "Hermano Lobo" (13 de abril de 1974)
Publicado por
Jorgewic
a las
7:45 AM
0
comentarios
sábado, enero 10, 2009
Antonio López
Publicado por
Jorgewic
a las
8:19 AM
0
comentarios
lunes, diciembre 15, 2008
Pinares esmeraldas, sol de piedra
Veranos de pinares en mi adolescencia, solitario como un loco, el otro loco, un viejo en camisón, con la melena como una corona desordenada, diciendo versos que sin duda había escrito la noche anterior. O quizá ni siquiera los escribía sino que se los aprendía de memoria y combatía con su épica contra la épica de Shakespeare.
.
.
El bosque de Macbeth venía hacia mí despertando los campamentos de la mañana. El cielo era una totalidad y el intenso bosque de pinos se abría de pronto, beligerante, pariendo un ferrocarril. Yo seguía mi paseo por los pinares con un libro en la mano, dueño otra vez del silencio del día, inmenso enlagunamiento que era agosto en el aire. Veranos de pinares en mi adolescencia, solitario como un loco, el otro loco, un viejo en camisón, con la melena como una corona desordenada, diciendo versos que sin duda había escrito la noche anterior. O quizá ni siquiera los escribía sino que se los aprendía de memoria y combatía con su épica contra la épica de Shakespeare. Idos los locos, los ferrocarriles, los clásicos y los poetas, seguía yo mi paseo o buscaba un lago de sombra para tenderme a leer en mi libro, que tenía las tapas de color marfil o hueso pulido y contaba historias galantes de la Europa anterior, la Europa de mi madre que yo añoraba como si hubiera conocido aquellos años.
Veranos lentos, “lentos veranos de la infancia, horas tendidas como playas”, como había escrito Jorge Guillén, del que ya he hablado o hablaré. Veranos que a veces se prolongaban hasta el mojado otoño cintilante de lluvia, cuando cogíamos las piñas pesadas como armas, las metíamos a abrir en el horno y luego nos comíamos los piñones. Convalecencias familiares, largas convalecencias, un hotel que lo era en todos los sentidos y donde mi dandismo precoz y tonto paseaba un libro con tapas de marfil y prosa también marfileña, mientras el resto de los convalecientes leían la colección Pueyo, novelas selectas. Yo tenía la necesidad, el pecado de leer, pero además tenía el esnobismo de pasear aquellos libros como franceses entre las deshojadas novelas del verano.
Lento caminar por la grava o por la hierba, pasando entre los pinos como entre una multitud, cogiendo alguna vez una piña del suelo, verde e intensa, que luego llevaría a mi madre como un ramo de flores o una fruta misteriosa, hermética y saludable. Jamás conocí el final de los pinares. Sólo llegué alguna vez hasta la orilla de un río que era como un ramal del cielo discurriendo por entre los árboles. Los pinos, si se les trata con asiduidad, llegan a ser como las multitudes urbanas, compactos pero educados, y parecía que se abrían a mi paso dejándome un sendero de sombra y piedrecillas donde mi pie caminante crujía como los pasos de un animal salvaje, felino y amigo que me estuviera siguiendo, porque estos animales llevan millones de años siguiendo al hombre para saber a dónde va. Un día descubren que el hombre no va a ninguna parte y se dan la vuelta hacia su manada. Pero había leído yo que, a la inversa, el primer hombre que llegó a Europa venía de Asia o África siguiendo a un tigre para cazarlo. No cazó el tigre pero descubrió un continente más habitable que los otros y que luego sería el continente de la cultura, el gran bosque académico donde llegaría a florecer la rosa transparente de la idea.
Estas cosas las pensaba y repensaba durante mi paseo cotidiano y llegué a sentirme yo el primer habitante de Europa, que caminaba detrás de un tigre con un libro en la mano, como si fuese el primer libro, la semilla de la tipografía que había de dar extensamente sus menudas flores al mundo a medida que los árboles se deshojaban en libros y los libros sustituían a los ángeles o eran como unos ángeles de alas cortas que traían cada uno su mensaje, como suele traerlo un ángel antes de la invención de la imprenta. Dios había creado los ángeles pero Gutenberg creó los libros, esos ángeles de vuelo corto que me llevaban mucho más lejos con la imaginación y la letra impresa.
Lejanos cuarteles del cielo, rumor de imaginadas locomotoras que eran como el sueño del día cuando el azul entornaba los párpados, el canto urgente de los pájaros, que se detenía a mi paso como la zambra de los gitanos al paso de la pareja. Había sobre mi cabeza varios cielos superpuestos de verde intenso y variable, y más arriba estaba el cielo azul como una aparición o un descendimiento. Una inexistente garganta profería su grito largo y puntual como una sirena. Era la hora de volver.
.
Publicado por
Jorgewic
a las
11:10 PM
0
comentarios
miércoles, diciembre 03, 2008
Los turistas
Publicado en "Hermano Lobo", Num. 153 (12 de abril de 1975)
Publicado por
Jorgewic
a las
6:49 PM
0
comentarios
miércoles, noviembre 19, 2008
El mondadientes
Y he aquí que hemos heredado lo peor de los griegos: Serbia envenena todos los mondadientes de Rambouillet. En Paraguay, a Oviedo le envenenan todos los mondadientes y tiene que huir a Argentina tras la jura de Macchi, buscando un dentista. ETA nos envenenó los mondadientes con la tregua. Eran unos palillos que llevaban soporífero, y así es como hemos dormitado largamente creyendo en ese paraíso de paz por donde corría Manu Leguineche en bici (un Manu adolescente y ya internacional). Borrell le había envenenado los mondadientes a Piqué y ahora Piqué se los envenena a él. Pero no por eso es menos cierto que el portavoz tenía una muela piqué. Pese al uso y abuso de palillos, no acabamos de parecer griegos, sino pastores extremeños aburridos, mascando un palillo viejo y mirándolo al trasluz a ver si todavía le quedan posibilidades de masticación y jugos.
.
.
Con un anzuelo/mondadientes envenenado cazó Garzón a Pinochet en el río revuelto del Támesis. Los Lores esconden los mondadientes en la peluca, como las horquillas. En los grandes almuerzos madrileños, si te fijas, todo el mundo te ofrece un mondadientes envenenado, a los postres: ¿No le parece a usted muy valiente el gesto de Solana...?
Publicado por
Jorgewic
a las
6:20 PM
0
comentarios
jueves, octubre 30, 2008
Garzón, hoy
Hombres, papeles, sitios exactos, citas concretas, sumarios, reos, cadáveres, testigos. Esos son los instrumentos con que trabaja Garzón. En la anterior temporada le acusaron de trepa porque es un hombre que se mueve más que los demás y consigue más cosas. «Ese busca algo» decían de Garzón. Claro, busca la verdad. En este nublado verano, numeroso como una novela policiaca, se ha afilado un poco más la calumnia. «Ese busca el Nobel».Suponemos que será el Nobel de Literatura porque a cada encausado le dedica una novela o sumario de 500 páginas. El Nobel de la Paz no se lo van a dar porque en España no hay paz ni la va a haber de momento, mientras los legitimistas de la violencia no cambien de arsenal.
La singularidad de Garzón es que vive pegado a las cosas, a las realidades, a las tabernas vascas, por ejemplo, y no sabemos si es buena o mala medida el cerrarlas, para los fines que persigue Garzón, pero él es paredaño de la vida y las abstracciones de los políticos y los periodistas no le dicen nada. Entre tantos españoles como andan metidos en esto sólo él, el juez Garzón, vive entre las cosas mientras crecen los atestados.
No sabe uno si la vitalidad de este hombre, su creencia directa en la realidad, su capacidad para el hecho concreto, son cosas que darán buenos o malos resultados en el futuro inmediato. Pero es absorbente como una película ver a Garzón que entra y sale, va y viene, frecuenta cárceles, alborota Juzgados y visita sospechosos a deshora. Por contraste con Garzón, el mundo político y el mundo jurídico se quedan pálidos, cortos, irreales. Son una novela tediosamente sicológica mientras que Garzón es un western de cabalgadas incesantes e indecibles.
El espectáculo Garzón es un número para los españoles porque los españoles somos una vieja raza teórica y antes de pasar a la acción preferimos formar comisiones, poner firmas, escribir cartas, hacer hipótesis y aplazar lo ya aplazado, a ver si viene el veranillo de San Martín y nos tomamos otras vacaciones. ¿Por qué no seguir el ejemplo del joven y popular juez, que parece un hombre audaz de novela de quiosco, y ser un poco más activos, más fácticos, más eficaces? Pero de un pueblo que ya está diciendo que Garzón va a por el Nobel, calumniándole con un elogio, no cabe esperar aprendizaje ni conducta. Estamos nada menos que ante el pecado dúplice de los nacionales: la soñarrera perezosa del indígena unida a la envidia del que no tiene sueño.
Baltasar Gracián, si es que fue Gracián, definió la envidia como tristeza del bien ajeno. Estábamos tristes por nuestros muertos sistemáticos y ahora estamos tristes del bien ajeno, que es el de Garzón. Fuera con la tristeza nacional, con el miedo autonómico, con la alegría fingida, con la farsa jesuítica, y el Nobel para Garzón. Garzón ha resultado el Gran Hermano en este confinamiento lóbrego de los nacionalismos. El nos ve a todos, nos sabe, nos escucha, nos intuye y nos rodea. Garzón es ejemplo para camastrones, pero tampoco hay que volar la cama.
Publicado por
Jorgewic
a las
6:18 AM
2
comentarios
miércoles, octubre 15, 2008
Qué error, qué inmenso error
Volvió al autogiro y se perdió en los cielos del franquismo a practicar, en algún rincón guateado de la Historia, su género literario favorito. Qué digo favorito: predestinado. El fascículo. Porque así como Buero ha nacido para el teatro, Delibes para la novela y Camilo para el taco, don Ricardo de la Cierva ha nacido para el fascículo, ha hecho del fascículo un género literario, lo ha elevado a una categoría confusa que está entre el ensayo histórico y el quiosco, entre la hagiografía franquista y el tebeo, entre Tuñón de Lara (sin nicotina) y la enciclopedia ilustrada que no ilustra nada.
Ahora, en vista de aquel funesto presagio dicho a la Historia desde las murallas de Murcia, Suárez le nombra asesor cultural y así se lo paga. Qué error, qué inmenso error. Don Ricardo de la Cierva iba camino de convertirse en el más aplicado biógrafo/hagiógrafo de Franco, pero de pronto se le murió el personaje, a medio fascículo, y como el público de los fascículos está hecho de lectores coleccionistas y maniáticos, don Ricardo siguió ya sin protagonista, por mera inercia narrativa, como sigue Curro Jiménez, dominicalmente, sin que nadie filme nada durante la semana (por más que desmientan las notas oficioso /oficiales de Prado del Rey, nutriendo sus hojas de rodaje a base de santa misa). El personal ya tenía las tapas coleccionables y había que terminar el folletón. Así, este historiador sobre la marcha, hebdomadario y voluble, se encuentra hoy empastado entre las pastas de sus colecciones, confinado en la crónica política y las iniciativas Lara, que son como las exclusivas Ramiro de la literatura.
En esto que le llama Suárez. Qué error, qué inmenso error. Arrebatado al autogiro familiar por Franco, arrebatado a la mano insegura de Franco por Fraga, arrebatado al abrazo mortal de Fraga por la Historia, arrebatado a la Historia por José Manuel Lara, arrebatado ahora a Lara por Suárez, don Ricardo de la Cierva vive un perpetuo y sucesivo rapto de las Sabinas donde él solo es las siete Sabinas, y se le ve pasar en un torbellino de Rubens, con mucho pliegue de crónicas y fascículos, imitado en papel de periódico el ropaje renacentista que cubre y descubre la carne fondona y sobrante, las formas que pesan o vuelan en él, que en esto tendrían que ponerse de acuerdo d'Ors, Camón y otros tratadistas del flamenco.
Qué error, qué inmenso error. Según Peridis, Roma -Suárez- no paga traidores. Pero sí paga errores, a lo que se ve. Toda España fue un qué error, qué inmenso error, en aquel mes axial, una silenciosa y millonaria exclamación de brazos al cielo, como un cañaveral desesperado, pero sólo el de la Cierva lo dijo, y sólo a él se le recompensa. ¿Por qué no nos coloca Suárez a todos, a todos los que coreamos aquella exclamación y aquel error? Por otra parte, no sé lo que quiere Suárez de don Ricardo: no sé si quiere tenerle al lado para que se calle, reforzar o amordazar con él a Cabanillas o tener dos Cabanillas en lugar de uno, o dos La Cierva en lugar de ninguno.No se entiende nada. ¿Y qué es lo que le va a enseñar el historiador al presidente? Lo de asesor de cultura queda así como preceptor de buenas maneras para un chico zafio de Cebreros. Le enseñará idiomas, fechas de batallas y el correcto uso de los cinco tenedores, que Suárez sólo se habla ejercitado con las cinco flechas. Qué error, qué inmenso error. Suárez me cae bien y el del autogiro no me cae mal, pero pertenezco, aunque poco, al llamado mundo de la cultura, porque a veces las editoriales me mandan catálogos, y me pone espanto pensar lo que puede ser este Fraga sinnnnn alcohol al frente de la inteligencia e incluso de la intelligentzia. Qué error, etcétera.
.
Publicado por
Jorgewic
a las
7:17 PM
2
comentarios
lunes, octubre 13, 2008
Diario íntimo
Escribió Borges que “cada amanecer nos promete un comienzo”. Luego la verdad es que no comienza nada, pero ha valido la pena amanecer con el mundo. El sol viene del Este, largo y frío, pasando todos los colores del jardín, despertando colores como pájaros, hasta dar en el pecho de la Virgen románica, una Virgen gestante que me costó muchos duros en el Rastro, hace ya años. El anticuario tenía la pareja y quería venderme también a San José:
– La pareja no puede deshacerse.
.
Fátima, la marroquí (todas se llaman Fátima, es el nombre del exilio) no sé cómo verá esta Virgen que en su religión no hay. Pensará que en esta casa somos unos fanáticos de una religión infiel y blasfema. En cuanto alguien me manda un ramo de flores, Fátima se apresura a ponerlo debajo de la Virgen, erigiendo un inesperado altar. La familia duerme todavía. Para que nadie piense que es una Virgen de culto, le he ido poniendo en torno abstractos de Torner, la última foto de Verlaine, un dibujo de Chillida y un desnudo de Roldán, muy erótico.
Madrugar es espiarse uno a sí mismo, algo así como verse levantado desde el sueño. Doy de desayunar a la gata, que ya vuelve del jardín, entelerida y casera, con una seda de frío sobre su piel. Mi gata siamesa desayuna carne para perros, que le gusta más, y una especie de pienso para gatos. De pequeña le puse Loewe, pero ahora la llamo Caperucita. Luego se irá al jardín a cazar pájaros o se meterá en un rincón a dormir. La prensa de la mañana la arrojan muy temprano por encima de la verja. Leo noticias húmedas y a veces una babosa de la hierba se instala en un titular. Paso la babosa a mi mano y charlo con ella hasta que estira delicadamente las antenas y las orienta hacia mí. La babosa se da un paseo por el vello de mi piel. Luego la pongo en una hoja verde y la vuelvo a depositar en el jardín. Sobre el periódico era como una letra gorda de grandes titulares que se erigía hacia mí para darme una noticia.
Durante la lectura de los periódicos se va formando en mi interior el tema, el asunto de la columna, que puede ser una anécdota, una palabra, o un gran suceso o una gacetilla minutísima. Literatura es ver las cosas a través de otra cosa. Y periodismo también. Al menos el mío y el que a mí me gusta. Por eso prefiero siempre un tema lateral que luego me permitirá entrar en materia. O no entrar.
El tema fuerte es siempre ETA. Algunos periódicos han decidido escribir Eta, para quitarle a la cosa abrumaciones. La babosa de los cuernecillos está por lo menos a salvo. María me trae el desayuno. Bacalao, fruta y leche con cosas para mojar en la leche, o un poco de miel. Nunca he entendido el desayuno español, el castizo cafelito del hambre que permite dejar el trabajo a media mañana para reforzar con un bocata. Tomo pastillas de distintos colores e intenciones. Es otoño y la parra del jardín está roja, larga, derramada, como una María Callas que nos da su recital de temporada, púrpura y silencioso.
El sol se ha retirado de la Virgen, pero no del jardín. El jardinero, Pedro, anda afanando con las hojas secas. En la piscina hay hojas secas y libros malos que tiré anoche. Viene un japonés con la leche. Un japonés dentro de un casco de motorista es ya un marciano o un criptonita. Nada que ver con un repartidor español. El repartidor español es siempre un amigo. El repartidor japonés es un funcionario de la leche. Sobre la mesa, junto a la prensa, tengo el primer fax del día. Es de Miguel Oriol, que glosa mis columnas, a veces, como de madrugada, y siempre con talento. ¿Cuánto madruga un arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes? Más, desde luego, que un repartidor japonés.
Y más tarde, algún día, llama Inés desde Toledo y hacemos un poco de marujeo de altura. Procuro ponerme a escribir antes de que el teléfono se ponga nervioso. El teléfono tiene algún parentesco con la babosa, por el negro brillante, por las antenas como eléctricas. El sol sigue en el Este, más o menos, pero yo soy rehén, ya, del trabajo y la actualidad. Mi Virgen atea ha vuelto a quedarse sola, casi en sombra.
Publicado por
Jorgewic
a las
9:30 PM
2
comentarios
sábado, octubre 04, 2008
Sujetadores
Me llaman de una revista para preguntarme qué opino de la supresión del sujetador en el bikini.
Antes se llamaban sostenes, pero ya no es la misma cosa ni la misma palabra, con perdón del maestro Dámaso Alonso, que estará dando su paseo de todas las mañanas. El sujetador es pura lencería lírica e inconsútil, en tanto que el sostén solía ser de uralita y castidad. Hay un matiz, como ven. Siempre hay un matiz. Con la Falange y el Movimiento, lo mismo. También hay un matiz. Lo dice Falange Española de las JONS: aclaran que el señor Suárez, presidente del Gobierno, no es exactamente falangista. Y explican:
-No nos extraña, dado que una vez más se quiere confundir a la Falange con el Movimiento.
Es verdad. Error de bulto. Tan craso como confundir el sujetador con lo sujetado o el sostén con lo sostenido. Es el matiz, ya digo. El sexo de los ángeles. ¿Cuál es el sexo político del presidente? No se sabe bien si los de Falange Española le hacen un favor o un disfavor matizando que no es exactamente falangista. Pero en todo caso han dejado en el aire, involuntariamente, una pregunta que estaba en el subconsciente nacional:
-¿Qué es políticamente el presidente?
Cuando salió nombrado, los eternos descontentos dijeron que era del Opus, que era de Falange, que era un hombre de López Rodó, que era un hombre de Herrero Tejedor, que era un hombre de Prado del Rey. Dijeron tantas cosas que se neutralizaban unas a otras. Un fino observador que había trabajado en Presidencia me lo definió así:
-Suárez es un hombre de Suárez.
Al principio me deslumbró el sofisma, como todos los sofismas. Uno es sensible a la brillantez y la sorpresa de la forma, qué quieren. Aunque sea una forma enganosa. Uno es de la época del sujetador. Luego comprendí que no me hablan dicho nada. Es como decir que yo soy un hombre de Umbral.
-Es que usted también es muy suyo.
-No tanto como el presidente, modestia aparte.
Supongo que Suárez es un hombre de la Corona. De Franco también se decía que era franquista. Estas tautologías no aclaran nada, pero quedan ingeniosas. Dicen que don Alfonso XIII le dijo a cierto escritor:
-Eres más monárquico que yo.
No haré la pregunta inconveniente de si Suárez es más monárquico que el Rey, pero sí debe ser más monárquico que López Bravo y Silva Muñoz. A la vista está. Lo que caracteriza a nuestro presidente es el haber pasado a través de los distintos vitrales ideológicos, políticos y administrativos del Régimen sin romperlos ni mancharlos.
-¿Cómo el rayo de luz?
-Como el rayo de luz, pero con vocación de mando.
-¿Está usted seguro de que en Prado del Rey no rompió ni manchó nada?
-Aquello está tan roto y tan sucio que da igual.
A ver si ahora el señor Ansón lo adecenta un poco. El otro Ansón, Luis María, es el que ha puesto de moda el tema del sujetador, Y Picatoste le ha echado una mano. Tal para cual. Los falangistas que ahora repudian a Suárez, hablaban en los años treinta de la España alegre y faldicorta. Los monárquicos de hoy hablan de la España sin sostén. En estas cosas lo malo es empezar. Las españolas se han quitado de encima el sostén y los falangistas quieren quitarse de encima el Movimiento. Esto no lo arregla ni el Apóstol Santiago.
Publicado en Diario de un snob, “El País” (28 de julio de 1976)
Publicado por
Jorgewic
a las
12:15 PM
2
comentarios
domingo, septiembre 21, 2008
Que buen caballero era
Fuerte gozo tuve cuando un jurado generoso y numeroso me concediera el premio Príncipe de Asturias de las Letras, pero ahora ese gozo se hace absoluto, excesivo, plural, de dimensión política, histórica (para mi álbum del corazón), cuando en el mismo exquisito lote entra, primero entre los pares, impar, Adolfo Suárez, duque de Suárez, la más limpia lámina histórica del siglo, con don Manuel Azaña, el hombre que retornó por el revés del tiempo, como Orestes, y fue justo en el momento justo, esencial y peleador como no lo daba España desde nunca. Su gloria ha crecido a medida que los sucesores se iban emporcando, empecinando de sí mismos, lo que le ha hecho a él, al Duque, de condición irrepetible y cualidad de estatua. Imaginó la España venidera, tiraba cada día más hacia las fuerzas del progreso, hacia el progreso de su fuerza, y por eso prefirió irse de hombre a quedarse de ajuntaculos, como los de hoy. Adolfo Suárez, premio de la Concordia, premio a la Concordia, corazón concordante, maestro de la concordia que puso contestes a todos los españoles.
Y encima tenía un estilo, y lo tiene, una manera de mandar, una manera de hacer, una manera de hacer que se hiciese. El sabe cómo le queremos y respetamos un ramo hosco de escritores por libre que allá en el romancero de la transición fuimos hostiles con él, hostiles a él. En muchos años de escritor político no me recuerdo villanía más fuerte del olfato histórico que el haber compartido lo del «inmenso error» con quien no hay que compartir nada.
Mucho, algo hemos caminado codo con codo, entre Santiago Carrillo y Carmen Díez de Rivera, una mujer mítica. Pero tocar Oviedo al paso alegre y sobrio de Adolfo, príncipes ambos de un día (él lo será para siempre), me parece hazaña del azar que no puede repetirse, ni debe, gloria que explica y premia haber escrito tanta letra muerta, hoy viva por la amistad, la memoria y la «igualdad» de los premiados. Yo voy al Principado a aplaudir a Suárez, no a que me aplaudan a mí, y digo que los demás lo mismo, hasta los extranjeros, que le saben y respetan. En Oviedo se hace justicia todos los años, pero hoy, además, se ha hecho el milagro. Nadie estaríamos aquí sin Suárez, ni el Príncipe de Asturias, ni siquiera el verdadero Príncipe de Asturias, don Felipe. Este Adolfo de ideas largas y palabra corta, justa y sobria, dura y suya, se sacó España de las hijadillas cuando ya no había nada. Príncipe, hoy, de su silencio. Qué buen caballero era.
Los preciosistas de la política, que los hay, dicen que no todo lo hizo bien, pero lo hizo mucho, y eso a mí me importa más. Muchas veces le he animado a volver, mas él conoce su hora y sonríe como haciéndose perdonar la negativa. «Lo que quieras, Umbral, pídeme lo que quieras». Una manera de decirme que no le pida eso. Hoy la justicia de unos hombres justos nos reúne, juntamente con maestros como Julián Marías, pero la fiesta es él, será en Oviedo, porque heredamos sus violentas leyes, pero nadie ha heredado esa hombría justísima, esa cualidad macho con que se inventó España. Qué buen caballero era.
.
Puclicado en “El Mundo”, Los placeres y los días (17 septiembre 1996)
Publicado por
Jorgewic
a las
6:16 PM
0
comentarios
sábado, septiembre 13, 2008
Clarin. Pecados mortales
Puede que La Regenta sea la última gran novela del XIX. El XIX vivió la superstición de la novela, el libro gordo que había que dejar, como Cervantes, y a ser posible único. Los romanticismos son propicios a la monumentalidad literaria. Los románticos escribían de las grandes pasiones porque creían en ellas. En este sentido, Leopoldo Alas, Clarín, es el último romántico.
Nosotros, los patriotas del siglo XX, los modernos, somos escépticos, irónicos, incrédulos, y nuestras grandes novelas son antinovelas, destrucciones de la novela. Marcel Proust puede hacer la antinovela (para el tiempo y la acción cuando quiere) porque ya no cree en el rigor dramático de Balzac. Joyce se plantea un argumento mediocre para desbaratarlo y abrumarlo de literatura y literaturidad, que es la pasión secreta y selecta del siglo. Musil, en El hombre sin atributos, narra la historia de Cacania, caricatura de su propio país, hace la antinovela antipatriótica. Por eso las novelas que se han hecho en este siglo, con impulso y ambición del XIX, son en realidad novelones, best-sellers, folletines. Hoy no puede sobrevivir la gran novela romántica (el naturalismo fue otro romanticismo) porque ese género exigía, ya digo, la fe de sus autores en lo que contaban. Pero los pecados mortales de Ana Ozores, de Clarín, hoy nos parecen travesuras provincianas.
También el gran Miró, de quien nos hemos ocupado aquí, presenta en sus novelas cortas a la heroína del XIX, la mujer castísima y ardentísima que calla y sufre su amor por un arquitecto generalmente de ojos claros, y a ser posible más joven que ella. A Dostoievski, a Tolstoi, a Balzac, a Hugo, a Galdós, a Clarín, los leemos hoy por disciplina, pero se nos quedan ingenuas, provincianas, tontas, las pasiones y represiones que nos relatan. Ni los ladrones ni los asesinos ni los tontos ni las adúlteras ni los cornucopios ni los homosexuales ni el Santo Cristo de la catedral son hoy sino ingenuidades de la última pasión cristiana: la pasión del pecado, la pasión romántica del Mal.
Cualquier novelista contemporáneo es irónico, narra desde el escepticismo (y si no, no es contemporáneo, aunque tenga 40 años). Después de la novela de pecados mortales vino la novela política -Zola, Blasco Ibáñez-, que hoy también nos da un poco de pena. Los políticos no se merecen una novela sino un buen editorial de periódico que los varee a modo, como los olivos de Luis Felipe Vivanco. Nabokov, Miller, Updike, los grandes del XX, y por supuesto Borges, que a algunos jóvenes rejuvenecidos les parece un “gilipollas”, todos han escrito en clave irónica, y no digamos Faulkner, que principia por postular en la gran novela grandes zonas de oscuridad: un juego con el lector. La Regenta, en la frontera de dos siglos, pertenece al naturalismo romántico, es una obra de arte, pero tiene poco que ver con estos autores que cito.
Clarín hizo la gran novela de su momento, la que cierra el ciclo, con más o menos sugerencia de Flaubert, lo que pasa es que hoy descreemos de las grandes novelas, de la Obra, porque el pensamiento moderno es fragmentario: ya no se fabrican sistemas filosóficos hegelianos o kantianos, Baudrillard y compañía piensan al hilo de lo que pasa, como ya hicieran en España Ortega y Eugenio d'Ors.
Con una gran falta de fe en la Obra, bien sea literaria o musical (nos fascina el fragmentarismo de Erik Satie, en música) y una gran falta de fe en los contenidos, hoy todo el arte que hacemos es irónico o transeúnte, pues incluso la angustia existencial, la náusea sartriana, quedan como un neorromanticismo de posguerra.
Volvemos a ser irónicos como los griegos, de modo que nos hemos rejuvenecido de una juventud milenaria. Flaubert no digo que sea mejor o peor que Clarín, pues que escriben en distintas lenguas y esto supone una heterogeneidad que dificulta las comparaciones estrictas. Lo que sí digo es que Flaubert, siendo anterior, es más moderno que Clarín, ya que se distancia absolutamente de las pasiones de su heroína y de los horrores que denuncia, mientras que Clarín se identifica y nos identifica con todo eso. Clarín quiere impresionarnos, pero Flaubert sólo quiere ilustrarnos. Distanciamiento es ironía. Lo que Flaubert tiene sobre Clarín es la distancia. Me decía Jorge Guillén:
-Mire usted, Umbral, no se puede al mismo tiempo juzgar y jugar.
-Mire usted, maestro, eso que me reprocha es lo que usted está haciendo ahora mismo. La aliteración jugar/juzgar es un juego. Usted me está juzgando, pero también está jugando.
Quiero decir que el juego, clave y signo del arte moderno, de Apollinaire a Picasso (por eso se les ha estudiado aquí), de los surrealistas a John Cage, es el último recurso del siglo, la actitud lúcida del escepticismo creador. Se llegó a hablar, en su momento, de “el hombre que trabaja y juega”. Juegan incluso los animales (con un ratón que nunca se van a comer), y es cuando están más cerca de nosotros. Leopoldo Alas jugaba en sus Paliques, jugaba con los autores (que se lo pregunten a Valle-Inclán). Alas jugaba escribiendo, desde el título de sus crónicas y críticas, pero a la hora de hacer su obra, la Obra, en pleno arrebato romántico y naturalista, se pone muy serio y lo que falta en su gran novela es el humor, la ironía, la burla de unos horrores generados por la superstición cristiana o por la autoridad competente. Clarín, que no era tonto, hoy hubiera practicado la estética de la distancia para dibujar a Ana Ozores, una simple reprimida. Flaubert ve a la Bovary como una pobre provinciana soñadora y cursi. Clarín ve a Anita Ozores como una heroína de la virtud y el pecado. Ahí está la diferencia entre novelista y novelista, no tan distantes en el tiempo.
¿Por qué no se escriben hoy regentas ni crímenes y castigos? Porque autores y lectores han cambiado de sensibilidad, han perdido la fe en los valores, a cambio de un cierto amor por los contravalores.
Quiero decir que incluso Henry Miller creía demasiado en el sexo. Era un fanático de la vagina. El señor Bukowski, prosista muy inferior, interesa más a la juventud porque ve y cuenta el sexo desde la sonrisa (vertical).
La equidistancia entre uno y otro es Nabokov, que consagra sonriendo la vagina virgen de Lolita. Nabokov llega a enfrentarse a muerte con el otro amante de la niña (Nabokov o Humbert, su álter ego, quiero decir), pero lo hace cuando ya no cree en ella, cuando ya no la ama. Su muerte o su crimen serán gratuitos, irónicos, pues se justifican por una pasión que ya no existe: “una lamentable anciana de catorce años”.
Considerando todo esto, Clarín nos queda un poco lejos, como toda la novela del XIX, salvo la ironía de Stendhal, a quien por eso define Ortega como “Supremo Narrador ante el Altísimo”, incurriendo en un verbalismo romántico que precisamente rechazaba en nombre de Stendhal.
No sólo hay que ser grande, como Clarín, sino que hay que serlo a tiempo. La Regenta es una novela cimarrona, cronológicamente un poco retrasada. Se puede exhibir como modelo de obra bien hecha, pero hoy estamos en la modernidad, que es culto a la obra regularmente hecha. La crítica más moderna se complace en denunciar que Baudelaire no es perfecto. Por eso mismo trajo la modernidad y el derecho a la imperfección. Clarín se lo hacía muy bien, pero la función había terminado. El XIX, o sea.
Publicado por
Jorgewic
a las
7:51 AM
1 comentarios















