domingo, mayo 14, 2006

Eugenio D'Ors . Angeologías

Es el hombre que mejor ha escrito en los periódicos y más los ha ilustrado. Ortega hacía ensayos en la prensa o capítulos de un futuro libro. Eugenio d'Ors tenía la medida del artículo o de lo que él mismo definió como “glosa”, aún más breve que el artículo (aunque susceptible de continuarse en días sucesivos). Eugenio d'Ors es la presencia más singular que trajo el novecentismo, como él llamó a este siglo. Fue maestro de europeidades en Cataluña, su patria, que un día hubo de dejar, resintiéndose ya para siempre en la quebradura de su alma e incluso de su chaleco.

Aparte sus grandes periplos europeos -el mejor crítico de arte en aquella Europa-, d'Ors pasa por Madrid y se aposenta en Madrid, pero Madrid está tomado intelectualmente por Ortega y el maestro catalán (con un castellano nuevo y asombroso) tiene que escribir en periódicos o revistas muy por debajo de su altitud literaria, o crearse una galaxia propia de galerías de arte, marquesas, lujos oficiales y descubrimientos artísticos de incierto porvenir. “Don Eugenio, como no pudo descubrir a Picasso, tuvo que descubrir a Pedro Pruna”, se decía por entonces, años cuarenta, en Madrid.

Cabeza noble y pesante, “muy preocupado por la manera de mirar”, como le ve Azaña, corpachón que su elegancia esbeltiza, pero siempre encorpachado de Goethe o de Moreas, algo así.

Inventor de mundos culturales, crea una angeología filosófica que es como una teología laica, y crea una angeología de marquesas y duquesas que siempre están en primera fila de sus conferencias, aunque él sibila (d'Ors sibilaba):

-Las marquesas quedan mejor diseminadas.

Lo peligroso de hacer una semblanza de Eugenio d'Ors es el pecado de recaer en algunas de sus anécdotas y frases más conocidas, ya que fue criatura millonaria en estas cosas, pecado leve, como digo, contra la inteligencia adusta. Inestable entre Madrid y Barcelona, acaba equidistándose en Bruselas, desde donde toma contacto con toda la intelectualidad neoconservadora de Europa, de Barres a Maurras.

Pero Xenius -como firmó mucho tiempo- no es un conservador ni un clásico, como afirmaba, sino un barroco irónico que comió toda la vida de hacerle bellas traiciones al clasicismo y al conservatismo. “Lo que no es tradición es plagio”, dijo, pero él, entre lo uno y lo otro, le ponía música de fox/trot a la tradición y no necesitaba plagiar a los griegos porque en él, mediterráneo, se bañaban los griegos todos los días, aunque d'Ors les ponía peluca del siglo XVIII, que era su siglo, y no sólo por Goethe, como decía, sino por Voltaire, como confiesa en un descuido:

-Quisiera escribir un Diccionario filosófico como el de Voltaire, pero contra Voltaire.

El clásico y el barroco lucharon en él toda la vida, y esta lucha es lo que da tensión y tentación a lo que escribe. Una dialéctica ética y estética que Xenius no se plantea explícitamente, pero que constituye el encanto y la riqueza de su obra.

La Glosa no fue sólo para él una manera de vivir, sino una manera de llegar: a la gente; sus libros se veían menos, salvo las Tres horas en el Museo del Prado. (Guardo un recibo suyo, de una revista, firmado por él con letra picuda e inclinada, donde se le pagan quinientas pesetas por un artículo). Siendo yo adolescente, arrimé por un tenderete de libros cultos que había en la provincia, dando con Oceanografía del tedio, uno de sus libros más originales y bellos. El librero me lo daba por una peseta. “Es caro”, dije. “¿Caro, d'Ors, por una peseta? Si don Eugenio le oyera a usted, con esa vanidad que tiene”.

Y me llevé el libro, claro, descubriendo por primera vez “el placer del texto”. Su paisano Josep Pla llega como periodista a la Barcelona de principios de siglo y en seguida descubre en el Ateneu a d'Ors, quedando deslumbrado por su palabra, su concepto e incluso su presencia. Don Eugenio se creía de la raza ecuánime y goethiana, pero era en realidad de la raza sofista de sus queridos griegos, que es la de Voltaire y Oscar Wilde, quiere decirse que lo mismo podía defender y salvar una causa intelectual que defender y salvar al día siguiente todo lo contrario, con toda honestidad. Esta cosa versátil le quita prestigio entre los intelectuales militantes, pero es lo que más enriquece su plural personalidad de hombre que vivía en una ermita con ascensor, al costado litográfico y fecundo del Mediterráneo. “Los mediterráneos somos como niños y nos pierde la estética”. La estética, a él, no le perdiera sino que le salvara con su gran clariver de lo intelectual y de lo tectónico al mismo tiempo, más su plasticidad para los idiomas, que le tienta a escribir hermosísimas páginas en francés, catalán y castellano. Su libro El barroco, que es una de sus grandes obras, lo escribió primero en francés y fue muy leído en Europa.

-Sólo voy por delante de Ortega en la guía de teléfonos -dijo.

Su filosofía importó a Aranguren y Valverde. A nosotros nos importan más sus escritos inclasificables y heterodoxos, como la citada Oceanografía, y por supuesto sus glosas: escribió miles y necesitaba la glosa como su respiración diaria: como buen filósofo amaba la actualidad y el chisme, aunque esto parezca una paradoja. Elevó la anécdota a categoría, según su famosa fórmula, tan repetida, de modo que, mejor que partir de Santo Tomás, le iba partir de los tranvías madrileños, y en seguida el color de aquellos tranvías, amarillo o rojo, se tornaba color de Cézanne, a quien dedicó otro gran libro, y el color de Cézanne, a su vez, se tornaba en el color blanco de los ángeles de su Angeología, una pasada teológica y vuelta a los reveses de la cultura y de la vida. “Bécquer es un acordeón tocado por un ángel”.

En el Burgos franquista de la guerra hizo parodia del ritual nazi velando sus armas una noche y fabricándose un uniforme personal, heterodoxo, confuso, como Byron en Grecia:

-Maestro, parece que le gustan a usted los uniformes.

-Me gustan los uniformes siempre que sean multiformes.

Filósofo tentado por las formas, como los de Grecia, pensador sensual tentado por la raíz ideal de las formas, fue transeúnte de lo uno a lo otro, toda la vida, y el gran público no lo entendió nunca porque es un ser de lejanías culturales que ve en lo popular una vasija anónima más que un alfarero notorio en su aldea. La vasija es una joya, el alfarero es sólo una estación de repetición. Explica así a Quevedo: “En medio de esta orgía de fuerza brilla de pronto la inteligencia hecha malicia, con el frío resplandor de una navaja española, en la revuelta confusión de un fandango popular”.

Jamás se le ha hecho ni se le hará justicia a Eugenio d'Ors, quien queda así como jardín cerrado, paraíso para pocos, delicia secreta, pese a lo inmenso, singular, barroquizado y mundano de su presencia y su escritura. Pero él se rendía culto a sí mismo lúcidamente, o más bien a todo lo que le constituía, que era una cultura y una vida ingente, y con eso le bastó. Su pequeño recorrido pasa por los dos polos de la elipse kepleriana, abarca el universo moderno, pero él a todo eso no le dio importancia, la estrella era su simiente de cada día, dejó en los periódicos un rastro de luz y gracia sobre la estraza de la actualidad.



“El Cultural”, Los alucinados (12 junio 1999)